La batalla de Parma:
una dramàtica decisiòn
por: Carlo Fornari
Parma habìa sido siempre fiel a la causa pontificia: son testigos los varios gobiernos de la Ciudad y il palacio de la Arena que hospedaba a Federico II en sus frecuentes estancias.
La ciudad era apetecida por los Guelfos por la riqueza producida por la naciente borghesia, por el peso ejercitado por la clase noble y, no ùltimo, por la posiciòn estratègica, que la colocaba en la via Francigena.
Hechos determinantes acontecieron el 25 de junio de 1243 con la elecciòn como Pontìfice de Innocenzo IV, cuyo nombre era Sinibaldo Fieschi: un hombre sensible a los problemas de poder, ligado sobretodo a Parma por importantes relaciones familiares, por amistades, y por haber cubierto por largo tiempo encargos importantes en la diòcesis.
Inmediatamente el nuevo Pontìfice iniciò a obrar activamente para conducir a "su" ciudad bajo el ala de la Iglesia.
Antes de todo alejò al obispo, imponiendo a su sobrino y fiel colaborador Alberto Sanvitale;
acto seguido volviò a enlazar las relaciones con amistades y parentelas,
mientras la colaboraciòn del pueblo fue garantida po la nutrida comunidad franciscana, el brazo del poder romano en el mundo terreno.
La maquinaciòn papal no tardò en producir sus frutos.
Interrumpidas las negociaciones diplomàticas con el Imperio, Inocencio IV se refugiò en Lyon; y desde allì eligiò Parma como el lugar donde derrotarìa definitivamente a Federico II.
Despuès
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el 15 de junio del 1247, un grupo de Guelfos ocupò con un golpe de mano la ciudad, alejando a la administraciòn pontificia. En la operaciòn tuvieron un papel importante algunos nobles parmenses, entre los cuales algunos personajes de nivel: Ugo Sanvitale, hermano del obispo, y Bernardo de Rolando Rossi, cuñado del Pontìfice por parte de la hermana, ya estrecho colaborador de Federico II.Federico, que estaba marchando hacia Lyon para encontrar, o talvès para capturar al Pontìfice, llegò bajo los muros de Parma asediàndola. Determinado a reocuparla, pidiò inmediatamente refuerzos a las potencias amigas;
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y a pocas millas de la ciudad rebelde fundò una nuova capital del Imperio, la mìtica Victoria, que habrìa debido sostituir a Parma despuès que èsta hubiera sido conquistada, destruida, y sus ruinas hubieran sido cospargidas de sal.Inocencio IV por parte suya enviò inmediatamente il legado de Lombardia Gregorio de Montelongo, un prelado astuto y belicoso crecido en la burocracia romana, un diplomàtico capaz de las tramas màs complejas; y mobilitò todas las ciudades fieles porque enviasen soldados, armas, alimentos.
Las tacticas de los opuestos contendientes aparecieron evidentes:
Contra todas las predicciones, la lucha continuò por màs de ocho meses metiendo a dura prueba la resistencia de los habitantes de Parma: no fueron ahorradas brutales represalias, sanguinarias surtidas, sacrificios econòmicos y morales. Hasta cuando se llegò al fatìdico è 18 de febrero de 1248, fecha planificada por Gregorio de Montelongo para una sofisticada maniobra militar destinada a romper el asedio.

Por la Crònica de Giovanni Villani, la derrota de los suevi en Parma.
Despuès de algunas incursiones, Victoria fue asaltada, saqueada, destruida, con la colaboraciòn de todos los ciudadanos que veian en el episodio el sìmbolo de la libertad reconquistada.
Federico II, que en aquel momento se encontraba de caza en Taro, fue informado de la catàstrofe por el humo que exhalaba el incendio de su capital, por los gritos de los amigos y colaboradores que huìan terrorizados y completamente desbandados.
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La batalla combatida en Parma tiene el significado de una dramàtica soluciòn entre Imperio y Papado, operada por los pueblos lombardos:
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una amarga derrota para Federico II, talvès el momento en el cual se ha definitivamente desvanecido su sueño imperial;è
pero tambien el abandono de la guia iluminada y de las intuiciones del Emperador suevo, anticipadores de los hechos culturales modernos;è
la prospectiva de un futuro italiano egemonizado por las potencias extranjeras, de luchas religiosas, de gradual alejamiento de la penìnsula respecto a los Estados europeos que determinaràn la historia del Continente por casi siete siglos.Traducciòn por Antonio Edgar Battaglia
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