Una adolescencia difìcil

por Alberto Gentile

Hijo de una madre anciana — entonces, pasados los quarenta, iniciaba generalmente el inesorable declìn — y de un padre arrancado a la vida  apenas a 33 años, Federico quedò huèrfano de ambos padres  a solamente cuatro años.

El joven Federico II es recibido por el Papa Inocencio III.

La madre, antes de morir, tuvo el tiempo de hacerlo coronar Rey de Sicilia y lo confiò al Pontìfice Inocencio III — Lotario de los  Condes de Segni: una tutela particularmente calificada, la ùnica talvès que podìa llevar al crecimiento de un hombre culto y sabio, tambien al costo de hacerle un instrumento de poder en las  manos de una Iglesia fuerte, determinada, en el àpice del esplendor medieval.

Encargados de su educaciòn fueron los obispos de las diòcesis del Reino de Sicilia y en particular Gualtiero de Pagliara, obispo de Troya en Capitanata .

Però todos los buenos proyectos fueron olvidados.

Despuès de la extinciòn de la dinastìa de los Altavilla, la ocupaciòn alemana por Marcovaldo de Anweiler impuso a la Sicilia un periodo de enormes dificultades sociales y econòmicas.

è De consecuencia nadie tuvo la posibilidad de ocuparse del pequeño rey que por cinco larguìssimos años quedò abandonado a sì mismo.

Sus lugares preferidos eran los barrios bajos y la zona del puerto en una Palermo pobre y conflictual; sòlo pocas familias de la alta borghesia, conmovidas por sua situaciòn, lo acogìan raramente a comer con ellas.

è La vita callejera consentìa a Federico estar en contacto con gente de cada condiciòn social, raza, religiòn;

de observar desde una posiciòn privilegiada el comportamiento del pueblo y de los nobles que pronto habrìan sido sus sùbditos.

Esta experiencia, envès de desanimar su espìritu tenaz, de vencedor, lo llevò a amar el Meridiòn  de Italia,  que considerarà en edad madura su ùnica patria;

è le  enseñò a vivir en un ambiente verdaderamente cosmopolita, llevàndolo a comprender razas, religiones,  culturas diferentes, clara introducciòn de la tolerancia que demostrarà en edad adulta;

è lo convenciò de haber sido alguien sòlo gracias a sì y de no deber nada a los preceptores, a los parientes, a las autoridades del Estado, a los sacerdotes.

Terminada la ocupaciòn germànica y comenzado el lento regreso a la normalidad, Federico pudo volver a tomar la posesiòn de su posiciòn a Corte. Despuès de tantos años, Gualtiero de Pagliara lo viò transformado, dotado de caràcter fuerte, màs maduro por su edad, pero desgarbado, vìctima de la vida que habìa conducido a un ambiente muy diferente del que lo che lo atendìa. De todos modos  mostrò confianza en sus posibilidades de recuperarse  y se lanzò con entusiasmo en su propia educaciòn.

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La vida de Federico tomò una nueva ruta  en el 1210 cuando Otòn IV de Brunswick, sucedido a Enrique VI sobre el trono de Alemania, andando contra sus promesas, demostrò con los hechos de querer unir la corona de Alemania con la de Sicilia: un acto que la Curia romana no podìa y no querìa aceptar, para no correr el riesgo que sus posesiones, localizadas en  Italia central, pudiesen ser circundados por una  potenza polìtica y militar fuerte, difìcil de controlar.

Inocencio no dudò en intervenir con la necesaria determinaciòn: excomulgò Otòn e

è impuso la designaciòn a rey de Alemania del joven Federico de Suevia:

una elecciòn arriesgada, fundada sòlo sobre la confianza acordada a un joven de diecisiete años, con la esperanza que la educaciòn recibida y la condescendencia hacia las presiones del Pontìfice lo habrìan inducido a respetar todas las pretensiones de la Iglesia.

Tomada la posesiòn de los nuevos encargos, Federico se encontrò de frente a problemas enormes, decididamente màs grandes de èl, que attendìan una respuesta desde Alemania a la Sicilia, desde Lombardia a Roma, sede de su potente preceptor.

                                                                                                                                                    

                                                                                                                                        Traducciòn por Antonio Edgar Battaglia 

Mira tambien: la juventud de Federico II

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