PIER DELLE VIGNE: UN MITO EN EL MITO

por Carlo Fornari

Pier delle Vigne es un mito que se encuentra dentro del mito aùn màs grande de su Señor: Federico II.

De origen meridional y de familia muy pobre — habìa nacido en Capua cerca del 1190 — se transfiriò desde joven en Bolonia para estudiar en la escuela de derecho. Sobretodo entonces, para un joven pobre, sin amistades y "padrinos", debìa ser difìcil vivir en un ambiente cultural evolucionado, dominado por los nobles y por la Iglesia. Su sueño era alcanzar un encargo universitario, ser un maestro culto y respetado, conducir una existencia tranquila. Mas el destino le reservaba un diferente futuro.

Pier delle Vigne, busto de màrmol (realizado para la puerta de Capua).

Terminados los estudios, tuvo la dicha de conocer y de hacerse apreciar por Federico II, al punto que fue llamado a Corte y le fue propuesto un ecargo en la cancillerìa. Desde aquel momento la carrera del joven capuano fue toda en subida: al Emperador  le gustaba su prosa culta, la capacidad de escribir conjugando las situaciones con los conocimientos jurìdicos, de interpretar con facilidad las problemàticas màs complicadas, sean estas  religiosas, polìticas, econòmicas, sociales... En breve tiempo se afirmò en todos los ambientes que frequentaba: fue insigne poeta, diplomàtico, ministro de Corte; utilizado en las misiones diplomàticas màs delicadas, consiguiò el encargo de Logoteta del Reino de Sicilia, pràticamente una especie de virrey durante las repetidas ausencias de Federico.

En el 1247, a los 57 años, el deseo del ilustre estadista e insigne literato era concluir tranquilamente la carrera, cuando una noche de febrero, mientras se encontraba en Cremona — que entonces era pràcticamente la capital italiana del Imperio — fue arrestado por  las milicias imperiales y encarcelado en el castillo de Borgo san Donnino (la actual Fidenza, en provincia de Parma) como  culpable de un gravìssimo delito.

Hoy conocemos con buena approximaciòn còmo Pier delle Vigne muriò; menos bien por què  fue brutalmente perseguido y condenato. Son oscuras las fuentes, reticientes los apuntes de Federico II, y el mismo interesado, òptimo escritor y polemista, fue puesto en condiciones de no poder hablar, de ejercitara su legìtima defensa.

 

Una tràgica muerte

Despuès de una breve permanencia en el castillo de Borgo San Donnino, Pier delle Vigne fue transferido en la mejor protegida Roca de San Miniato. Aqui fue sometido por algunos dìas a una rìgida segregaciòn, hasta que se presentaron a èl tres siniestros esbirros. Sin falsos preàmbulos, mientras dos de ellos lo tenìan inmòvil, el tercero le clavò en  los ojos un alfiler ardiente que lo cegò irreparablemente: talvès una manera para obligarle a callar, para impedirle de pensar, de defenderse, de ser un hombre… Una pràctica difundida en la Edad Media y particularmente en  la Corte sueva, un terrificante ritual que unìa a la sanciòn un macabro simbolismo.

El supplicio no habìa talvès acabado: es lìcito pensar que las milicias imperiales se preparaban a exponer a la pùblica humillaciòn al viejo Logoteta, cuando fue èl mismo a poner fin a sus sufrimientos. Mientras estaba siendo transferido desde la Toscana, a caballo, hacia una ignota destinaciòn, logrò recoger las residuas energias y, superada con un brinco la cabeza del animal, se lanzò de cabeza hacia adelante. Un salto que en condiciones normales no habrìa creado ningùn daño, pero que la suerte benigna quiso serle fatal: Pier delle Vigne golpeò con la cabeza sobre una peñasco  y muriò en el instante.

  

Por qué fue condenado

Ya desde aquellos tiempos, las versiones de los acontecimientos fueron muchìssimos, y diferntes entre ellas: y no podrìa ser de otro modo, vistos los intereses religiosos, polìticos y econòmicos que rodeaban entorno a los protagonistas, entre ellos el Papado, Imperio, libres Comunes, atormentados por el juego de corrientes que provocarian la envidia a las màs avanzadas partitocracias modernas.

ü Los cronistas: "…cherchez la femme"

Evidentemente las crònicas rosadas existìan ya en el siglo XIII . Los cronistas del tiempo han sostenido que entre Federico II y Pier delle Vigne hubo un problema a causa de mujeres.  Para algunos, el ministro se prendò de la preferida del Emperador, llegando a proponerle algunas imperdonables "avances"; para otros fue el Emperador en tratar de seducir a la esposa del ministro, hombre celosìssimo como todos los hombres de una cierta edad que tienen a su lado a una compañera joven y bella. No faltaron los detalles que contaban que  Pier delle Vigne, despues de haber descubierto a Federico junto a su esposa, fu obligado a tramar una conjura para lavar su honor con el sangre.

ü Dante: una cojura de palacio

Dante en su Comedia no podìa ignorar una situaciòn obscura pero conocida en todos los ambientes, rica de significados polìticos y humanos; y nos deja un relato del cual estàn de acuerdo varios comentadores de aquel tiempo. Pier delle Vigne habrìa sido vìctima de la envidia de sus contemporàneos, sumergido por los inevitables odios que se habìan acumulado a cargo de un hombre potente, brazo derecho del Emperador, causa o ejecutor de decisiones poco agradadas por personajes fuertes, capaces de coagular el disenso y de promover sòrdidas venganzas.

Il Sumo Poeta comenta la muerte del Logoteta imperial hacièndole pronunciar estas dramàticas palabras::

"El ànimo mio, por desdeñoso gusto,

creyendo con morir huir desdeño,

injusto hizo mi contra mi justo"

ü Matteo Paris y Salimbene de Adam: conspirò contra su Señor

Segùn el monje inglès Mateo Paris, autor de la "Chronica majora" — una obra colosal que propone informaciones que hay que tomar siempre con extremo cuidado, a menudo citado por los estudiosos cuando faltan otras fuentes directas y mejor documentadas — Pier delle Vigne apoyò el fracasado atentado a Federico II del 1249, querido por los Guelfos y probablemente por el mismo Inocencio IV. Su papel habrìa sido fundamental porque, bajo orden del Papa, habrìa convencido al mèdico de Corte a suministrar al Emperador una pociòn envenenada.

Con esta tesis parece estar de acuerdo Salimbene de Adam de Parma, que en su "Chronica" regresa sobre presuntas conversaciones secretas entre el Papa y el ministro durante una visita de este en Lyon, sede en aquellos tiempos de la Curia. A meter en un gran problema a Pier delle Vigne habrìan sido sus compañeros que lo acusaron  "…de haber sostenido una familiar conversaciòn con el Papa sin que ellos estuviesen presentes. […] Y por esto — comenta el cronista — lo hizo encarcelar y lo hizo morir de mala muerte ". Es necesario recordar que Federico fue capaz de cumplir venganzas muy graves por sospechas aùn menos evidentes y documentadas. 

ü …o fue un vulgar aprovechador?

Reasumiendo las varias tesis hasta aqui descritas, parece hoy evidente que

è L’infidelidad, o cuanto menos, la celosìa no parece un motivo adecuado a la situa ciòn; y esto, teniendo cuenta del ambiente de la Corte sueva que toleraba las tradiciones morales del Islam y de la Sicilia en la Edad Media, poco condescendentes hacia el pecado de adulterio. 

è Poco real, aunque interesante, humanamente màs justificable, parece la hipòtesis de la conjura de palacio. A esta, un hombre como Pier delle Vigne habrìa podido fàcilmente oponerse, antes que explotase toda la furia destructiva del Emperador, sensible a las delaciòn que en la duda era siempre oportuno darles la pena mayor.

è Non es pensable que Pier delle Vigne — siempre cuidadoso, reacio a tomar comportamientos poco reflexivos — haya creado una conjura contra su Señor, aunque hubiera sido promovida desde los màs altos niveles, querida directamente o indiretamente por el Papa. Come si no bastase, està hoy definitivamente probado que el tentado homicidio obrado con la complicidad del mèdico de Corte acaeciò en tiempos que hacen excluir una relaciòn directa con la caìda en desgracia del potente ministro.

Y entonces?

Los esudiosos creen que Federico haya visto en el comportamiento de su màs estrecho colaborador el motivo para acusarlo de corrupciòn:

un crimen bajo, vil, que cierto no deseamos hipotizar con facilidad a cargo de un literado, de un poeta, de una persona que hasta ese momento parecìa estar animado de sentimientos de màxima espiritualidad y absolutamente correcto;

un crimen que hace perder mucho encanto a los hechos, reducièndolos a un episodio de vulgar bajo Imperio.

Y màs aùn, esta tesis ha sido confirmado por varias pruebas convincentes y aceptadas por los estudiosos contemporaneos.

En una carta personal al yerno Ricardo de Caserta — un colaborador verdaderamente fiel, el hombre lo habìa salvado del atentado de la Pascua del 1246 — Federico define al ministro "segundo Simòn" evidentemente refirièndose a Simòn Mago, que habìa propuesto a Pedro de negociar las cosas del espìritu con la riquezas; y habla de èl como del hombre que "…o tuviese una bolsa de dinero o la llenase, habìa transformado el cetro de la justicia en serpiente".

Despuès de haber transcurrido años de vida publica, Pier delle Vigne, conocido por haber conducido una vida dispendiosa, podìa gozar de enormes riquezas que le habìan procurado la envidia de los colegas y ahora hacian nacer dudas en el Emperador.

Mas no basta: Shaller puede citar una fuente segùn la cual "Parece que Pier delle Vigne haya no sòlo robado grandes sumas, y tambien abusado de la propia posiciòn para perseguir a presuntos enemigos del Emperador y apoderarse de sus bienes, cosa que hizo vacilar desde sus bases al Estado suevo, en el cual la justicia era venerada casi religiosamente": un delito enorme.

Podemos decir hoy que, no apenas obtenidas las pruebas de la corrupciòn, Federico, ofendido màs que irritado, se impuso de no hablar; y la misma cosa haya querido imponer al ministro, simplemente ordenando que se hicieran sobre su cuerpo las horrendas mutilaciones de las cuales se ha hablado. De la  traiciòn no  debìa quedar ni el màs lejano recuedo!

Es evidente que nos encontramos de frente a un hombre nacido pobre que no supo resistir a la fascinaciòn de la riqueza y que no logrò encontrar una propia dimensiòn polìtica, moral, econòmica. La culpa de Pier delle Vigne, que mostraba comportarse como cualquier funcionario poco escrupuloso, era tanto màs grave porque habìa sido èl mismo en dictar las leyes, a solicitar su respeto, a establecer las penas para los que las violasen.

Al final de esta espeluznante historia se imprime en nuestra mente la imagen de dos ojos que fijan el vacìo y el infinito, de un ser destruìdo que encuentra en el suicidio la fuga de la realidad. Talvès el mito del personaje puede resultar redimensionado por la culpa: habrìamos por cierto preferido recordarlo vìctima del amor o sòlo simplemente de una conjura.

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